Lautaro, Maxi, Julio y Matías no quieren oír hablar de despedidas. “Uno más puede jugar Messi, ¿por qué no?”. “Tengamos fe”, se animan unos a otros con sus camisetas de la selección argentina. Un viaje de 20 horas y “los ahorros de cuatro años” les han traído desde el lugar donde el fútbol es una religión -fue la “mano de Dios” la que marcó “el gol del siglo” en el Mundial de 1986- al país donde la religión es ley. “Sí, antes de venir hemos consultado la legislación. Hay que tener más cuidado, portarse bien… En Argentina a esta hora estaríamos con la cerveza en la calle, pero aquí no”, explica Lautaro, de 26 años, entre sorbito y sorbito de mate.

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