Las trampas, según el relato que se apresuró en confirmar Elon Musk, una de las personas más odiosas tanto dentro como fuera ya del sistema solar, se ejecutaron mediante una suerte de dispositivo dotado de inteligencia artificial que el jugador estadounidense se introdujo por el recto y cuya vibración le indicaba la jugada adecuada en cada momento. Hans Niemann atendía, sin apenas parpadear, a las señales que llegaban desde el final de su intestino delgado y decidía, en consecuencia, si aquella suerte de morse fisiológico le invitaba a sacarse de la manga, o de donde correspondiese, un pastor o un gambito de dama. Si han llegado hasta aquí, se habrán hecho ya una idea de lo complicado que se está poniendo hacer trampas en el ajedrez, metáfora reina de eso que llamamos vida.

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