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De Rucker Park a San Francisco

Fuente: El País Original en elpais.com

En el imaginario que el cine y el relato estadounidenses han creado en torno al baloncesto hay, casi siempre, una cancha en medio de la calle. Con sus canastas rodeadas de verjas y de gradas bajas. Con sus duelos a medio campo. Con sus jugadas imposibles que parecen cabriolas. Con el sueño de alcanzar, algún día, el baloncesto profesional. Como todo, ese imaginario arrancó desde la verdad. Porque en los inicios, esas canchas callejeras surgieron de la necesidad —una canasta o un aro caben en cualquier lado— y ofrecieron una plataforma para la integración de decenas de miles de personas que llegaban a las grandes ciudades. Ayudaron, también, a cambiar un deporte practicado mayoritariamente por blancos y con mucho peso del orden católico. La filigrana, el mate o el pase por la espalda comenzaron a hacerse un lugar en el deporte de la canasta. El baloncesto que hoy conocemos —y el que no— bebe de esas fuentes.