Didier Berthod desapareció de la escena de un día para otro. Lo ubicaron recuperándose de una grave lesión de rodilla en un monasterio, pero en realidad ya había abandonado la vida que había conocido hasta entonces. Apenas contaba 25 años. Era el año 2006. Escalador de élite, valiente, fuente de inspiración… el joven suizo marcaba tendencia en el mundo de la escalada en fisuras. Brillaba con un carisma que apenas necesitaba verbo. Sus gestos y gestas hablaban en su lugar. Los patrocinadores se lo rifaban. De puertas afuera, Berthod parecía reinar en ese mundo de camaradería, vida sencilla, economía de medios y comunión con la naturaleza.

