Un pinchazo lo cambió todo. Con 18 años y un tanto perdido en la vida, David de la Cruz (Sabadell, Barcelona; 36 años) trabajaba en un supermercado por las mañanas y cursaba un curso puente para hacer un grado superior por las tardes. “Entonces vi una bici y no dudé en comprarla. Era una BH Iseran, un muerto que, para mí, sin embargo, era la mejor del mundo y que me servía para moverme”, recuerda con cierta nostalgia. Pero un día, de camino al trabajo, pinchó y entró en la tienda de Ciclos Trujillo para pedir que se la repararan y, de paso, saber si tenían alguna vía para probarse en competición porque, decía, sentía que rodaba muy bien. No se equivocaba porque en dos años ya estaba con los profesionales para completar una carrera de ensueño, siempre en los mejores equipos y con los grandes corredores del momento.

