Cuando Pep Guardiola abandone los banquillos y se vaya a su casa (o a la mía, lo que él prefiera) recordaremos como una tremenda anomalía el hecho de haber tenido una mala temporada: esa es la noticia que tanto reconforta a quienes se entretienen con el enunciado sin prestar suficiente atención al fondo del asunto. No ha ganado nada, ni un solo trofeo de hojalata que morder por las mañanas, con el desayuno, en una temporada que todavía reserva la bala del nuevo Mundial de clubes auspiciado por la FIFA para quienes comenzaron el curso con las más altas expectativas y se encuentran con tres o cuatro asignaturas por recuperar en junio. Quizás no sea suficiente para él, quién sabe.

Seguir leyendo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *