La familia Cunningham llegó a Londres desde Jamaica. Como tantas otras, hizo el camino de ultramar a la metrópolis animada por el gobierno británico que, tras la Segunda Guerra Mundial, necesitaba mano de obra. La llegada no fue sencilla. El creciente racismo de la sociedad que debía acogerlos hizo que muchos de ellos buscaran sentirse en casa a través de la música o de la vestimenta. También a través del fútbol. El pequeño Laurie Cunningham empezó a darle patadas al balón. No se le daba mal. En 1974 fichó por el Leyton Orient. Luego por el West Bromwich Albion. En algunos campos le lanzaron plátanos y excrementos de perro. Siendo muy joven, marcó un gol en el campo del Milwall -cuyos hinchas se han labrado a pulso una reputación de violencia y racismo- y se despidió de la grada local lanzando un beso y haciendo el saludo del Black Power. Varios aficionados saltaron al campo a por él. Cunningham jugaría después en el Real Madrid, el Manchester United, el Olympique de Marsella o el Rayo Vallecano. Tres semanas después de terminar su contrato con el equipo de Vallecas, fallecía en un accidente de coche en Madrid. Tenía 33 años.

