La modernidad bajó por la rampa del garaje de casa aquel 1989, cuando el viejo Seat 127 rojo que había conducido mi madre durante años fue sustituido por un Lancia Y10 negro. Mi padre trabajaba en una fábrica de coches y mi madre era abogada. Nunca faltó del nada. Pero aquel artefacto, un utilitario con elevalunas eléctrico —lo máximo para la época—, vino acompañado de un extra con el que no contábamos. Cuando fuimos a recogerlo, nos entregó las llaves Javier González Urruticoechea. O sea Urruti: el héroe de aquella Liga del 24 de marzo de 1984 en el Nuevo Zorrilla, cuando paró un penalti en el minuto 88 a Mágico González y rompió el gafe de los últimos 11 años. En aquella época los futbolistas se retiraban y montaban tiendas de deportes. O de coches. Se buscaban un trabajo, en suma. Eso que a Vinicius le parece tan horroroso y que le auguró a Maffeo el otro día para humillarle. “Nunca tendrás tanto dinero como yo”. Ni tan poca gracia.

