Nada más perder en 2014 la final de la Champions de Lisboa, en el velatorio del vestuario del Atlético varios de los jefes de la caseta rompieron el ambiente lúgubre para animar al resto de sus compañeros a no rendirse pese al drama del momento porque, según les advirtieron, la posibilidad de alcanzar a corto plazo el gran título europeo era real. Thibaut Courtois contempló aquella ceremonia de autoafirmación colectiva, pero sabía que, si volvía a surgir otra oportunidad para ese grupo –como así fue dos años después en Milán–, él ya no estaría allí. Le esperaba el Chelsea, el club que tenía sus derechos y que le reclamaba tras tres temporadas cedido en el Calderón. El belga nunca volvió a estar tan cerca de una orejona como aquella noche fría en la capital portuguesa, donde acabó en los suelos contra el Madrid, precisamente, de Carlo Ancelotti.

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