Desde los valles hasta las cimas de más de cuatro mil metros de los Alpes, la canícula de este verano hace estragos en las montañas causando un sinfín de derrumbes de roca, de hielo y la agonía sin precedentes de los principales glaciares que se derriten como un helado desatendido en una acera. Solo por citar un par de ejemplos, el glaciar de Argentière ha perdido siete metros de espesor en un año, y desde 2001, el de la Mer de Glace ha entregado 70 metros. Al desastre ecológico se suma cierta inquietud económica: el turismo de montaña tiene que adaptarse a la nueva realidad manteniendo su atractivo y esquivando de la mejor manera posible los peligros objetivos de un terreno de juego en mutación. Adelantándose a estos debates y atajando de forma abrupta, el alcalde de la localidad de Saint Gervais (Alta Saboya francesa), Jean Marc Peillex, anunció el pasado 5 de agosto su intención de pedir una fianza de 15.000 euros a “los candidatos a matarse” en el Mont Blanc, cuya ruta clásica depende administrativamente de su alcaldía. La ruta observa un tramo crítico entre el refugio de Tête Rousse y el de Goûter: los alpinistas han de cruzar un corredor muy expuesto a la caída de rocas antes de alcanzar un espolón de roca protegido. A este tramo se le conoce como ‘la bolera’, y en condiciones de calor la caída de enormes proyectiles de roca es tan frecuente como mortal, aunque apenas se tarde medio minuto en cruzar el peligro.

