Lamine es uno de esos casos que se dan cada diez o veinte años y que llegan para hacer mejor al fútbol. Un jugador al que la lotería genética premió dándole todas las armas que necesita un crack. Velocidad física, técnica y mental; atrevimiento para inventar; y valentía para desafiar rivales, aficiones, críticas. Tiene, además, un componente generacional que nunca me preocupó: no esconde el ego. Más bien lo luce amarilleando el pelo, provocando con su sonrisa, caminando con una soltura algo descuadernada. Nada preocupante: para desafiar a un público, un poco de ego es imprescindible. Pero es importante saberlo gestionar.

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