Nada hay más previsible y tan seguro como Primoz Roglic en la Vuelta a España, control absoluto, ataque justo, devastación a su alrededor… Tres años seguidos. Nada hay más volátil que el mismo Roglic, nieto de mineros, hijo de minero, saltador de esquí antes que ciclista, en el Tour de Francia, su obsesión y su dolor. Un Tour, el de 2020, lo perdió en la última contrarreloj ante el genio emergente de Tadej Pogacar después de 19 etapas de control, bonificaciones y encaje del esfuerzo al milímetro. En el segundo Tour al que llegó pensando en la victoria, el de 2021, se cayó el segundo día, anduvo arrastrándose una semana, y el día del ataque devastador de su compatriota Pogacar de nuevo, frío y lluvia en los Alpes, se vio solo rápidamente, luego rodeado de los sprinters culones, Greipel, Cavendish, y, entre ellos rodó sin atreverse siquiera a pararse a orinar, no fuera a quedarse rezagado.

