Que te hayan llamado hijo de puta miles de veces es un bagaje más que uno se lleva del fútbol cuando se retira. Porque el fútbol nunca fue un entretenimiento sino una emoción con la que jugamos. Y los materiales con que están hechas las emociones son esencialmente dos: el amor y el odio. En estos días va ganando el odio y no por lo que ha ocurrido con el mono que imitó a un mono para desatar la cólera de Vinicius. Ocurre también en otros planos. Mucha gente está decidiendo el voto de las próximas elecciones no por afinidad a un partido o a un líder, sino por la antipatía que le merece la contraparte. Si la política se futboliza, no nos puede extrañar que el fútbol se vaya de madre. El estadio es un vomitorio de nuestros instintos. Pero cuidado, porque ese vómito revela lo que suele estar escondido detrás de la maraña social. De manera que eso de que “España no es racista” habría que ponerlo bajo observación.

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