¿Por qué el presente año baloncestístico en España se cuenta entre los más emocionantes de los últimos tiempos? ¿Qué está teniendo de especial, qué de absolutamente único? A falta de la final del playoff de la Liga Endesa, que disputarán Real Madrid y X a partir del sábado 8 de junio, estos han sido los momentos más significativos del curso para cinco figuras del básquet nacional.
Eran las 8.00 de la mañana cuando sonó el despertador y mi cerebro comenzó a ofrecer alternativas al plan previsto. La más apetecible, quedarme en la cama. Afortunadamente vencí a la pereza y pude ser testigo en tiempo real de uno de los partidos más extraordinarios que jamás se han visto. La final de Pekín 2008 entre España y la majestuosa EEUU de Lebron, Kobe, Wade y compañía.
Aquella mañana la selección nos enamoró para siempre. Allí estaba Rudy Fernández, que hizo un partido estratosférico coronado por un mate a Howard que se convirtió instantáneamente en un póster para la historia. Y también Ricky Rubio, que con 17 años dejó ojiplática a toda la NBA. Rudy y Ricky, dos jugadores unidos por un origen común, el Joventut, y con trayectorias repletas de éxitos. Ambos han sido noticia esta temporada. Uno porque se va, con la vitrina llena de trofeos y reconocimientos y al que le llega el momento de descansar. El otro porque se queda. Verle de vuelta en nuestra Liga Endesa es todo un regalo. Rudy y Ricky. Dos jugadores singulares, irrepetibles, diferentes en sus formas y habilidades, pero con un espíritu común basado en un enorme amor hacia el juego. Cracks.
Música alta, sonrisas y medias sonrisas, caras concentradas, confiadas, miradas de complicidad, choques de manos imposibles, conexión, un plan. Eso es lo que veo cada vez que estoy en la previa de un partido de Unicaja.
Tener un gran ataque y una gran defensa es lo más importante, sin duda, pero lo otro, todo lo que no es baloncesto, es la clave, es lo que te da un punto más. Medir los porcentajes de tiro o las asistencias a la hora de estudiar un posible fichaje es sencillo, especialmente en el baloncesto actual, pero saber si la personalidad de un jugador va a congeniar con la de otro es más complicado. Casar los objetivos individuales de cada integrante del equipo con los de sus compañeros es una ardua tarea, y hacerlo con los de todos ellos con los del club, un reto enorme.
Prever todo esto cuando se está confeccionando un proyecto es complicado, pero a veces ocurre. Y es entonces donde los presupuestos quedan a un lado y piensas que todo puede suceder.
Lo vemos cada año en algunos equipos en diferentes competiciones y a todos los niveles. Salvaciones imposibles, clasificaciones sorprendentes al playoff, como las de Manresa o Murcia, o ganadores inimaginables de títulos.
Si a todo esto le sumas que algunos de los jugadores de Unicaja, el campeón en fase regular, tienen un carisma especial para conectar con el público, es entonces cuando consigues la tormenta perfecta.
En una Liga Femenina Endesa que se vuelve más competitiva por momentos, el final de temporada demostró el dominio de Valencia Basket en España. Las jugadoras se proclamaron campeonas ante los más de 7.500 espectadores que acudieron a La Fonteta, a rebosar de ambiente festivo y colorido, la tarde en la que levantaron el título liguero.
Pero, ¿cuáles han sido las claves? Un despliegue defensivo que se lo ponía difícil al rival y una fiesta ofensiva de las que hace disfrutar a la afición. El equipo llegaba fresco a final de temporada y sin forzar ninguna rotación, superando la lesión de Raquel Carrera y el esguince de Alba Torrens, que impidieron que ambas formaran parte de las últimas rotaciones en cancha, aunque su moral y sonrisa se hicieron notar en la energía del equipo.
Otra de las fases por las que tuvo que pasar el Valencia Basket este año fue el bajón de no conseguir optar a los cuartos de Euroliga, un hecho que se transformó rápidamente en motivación para conseguir hacer historia consiguiendo el triplete, sumando el título de liga a la Supercopa y la Copa de la Reina.
Con un Valencia Basket que está haciendo refuerzos para GANARLO TODO, en una liga que no para de crecer y donde los fichajes de grandes jugadoras por equipos de media tabla ya son algo normal, la satisfacción del club taronja pasará por lograr objetivos importantes en Europa.
La Copa del Rey es ese fin de semana en el que en la cuerda de tender ponemos ocho camisetas de diferentes equipos y marcas. Ese fin de semana al año en el que asomamos la cabeza por la ventana y la plaza nos devuelve resaca mal curada, ropa sobreutilizada, sudores entremezclados y una foto con mil pantones.
Que en un país en el que una única bandera tiene el pésimo poder de separarnos pongamos todas las nuestras en fila, de todos los equipos, de todos los colores, con el único objetivo de ser todos uno y seguir el ritmo del lololó.
Que cuatro días al año el baloncesto sea el faro que nos guía y nos ilumina en una sociedad, un país y un planeta que tiende cada vez más a la barbarie.
Que la única bandera que ondee en nuestro balcón sea la de un balón naranja y redondito, una canasta que no siempre es justa y una charanga que nos marca el paso.
Y que el campo atrás se deje atrás, que todas las noches sean noches de Copa y que la calle Larios sean todas las calles.
Los partidos duran 40 minutos para todos si no hay prórrogas que los prolonguen. El reloj avanza inexorablemente, aunque unos quisieran frenarlo y otros, sin embargo, pretendan acelerarlo por todo lo que hay en juego.
En Málaga, Alberto Díaz lanza un triple faltando pocos segundos frente a un rival que quiere impedirlo por cualquier medio, igual que Lluís Costa en Granada o Dani Pérez en Manresa.
Mientras ese balón de 23 centímetros de diámetro surca el aire y procura introducirse en un aro de 45,7 centímetros –apenas unos milisegundos hasta llegar a su destino, la red–, miles de circunstancias penden de ese viaje. La primera posición de la fase regular de la Liga Endesa, evitar el descenso de categoría o la clasificación para los playoff, ya en su recta final y también cargados de emoción.
Pero es mucho más que todo esto. Para los jugadores, instantes así representan la compensación o el abatimiento tras once meses de trabajo; los entrenadores sufren al jugarse una temporada entera desde casi siete metros de distancia; los aficionados se tapan los ojos viéndose entre la gloria y el precipicio; los directivos contienen la respiración a la espera de justificar el éxito o el fracaso del curso. Y todo depende del arco que, en su camino, dibuje un balón naranja.
BA-LON-CES-TO en estado puro, como definió un entrenador español que fue campeón del mundo.