Cuando Erik ten Hag estampó la firma que le convirtió en el nuevo entrenador del Manchester United, a finales de abril, pensó que tendría el control de la entidad deportiva con más potencial financiero de Inglaterra. No fue hasta mayo cuando los dueños del club, los hermanos Glazer, le transmitieron que, a menos que transformaran la balanza de pagos con ventas de jugadores, su presupuesto para renovar la plantilla no rebasaría los 120 millones de euros. Demasiado poco para ponerse al nivel del City, el Chelsea, el Liverpool, e incluso el Tottenham.

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