Ezequiel Ávila, Chimy (Rosario, Argentina; 29 años), ilustra a un canterano de Osasuna en el gimnasio de Tajonar: “Mirá, la vida es como un saco de boxeo: te van a venir siempre golpes, así que se trata de encajar los menos posibles”. Él los ha recibido de todos los colores, pero dice sentirse afortunado porque, al fin y al cabo, ninguna de esas balas perdidas que solían volar por su barriada le alcanzó. Dios, precisa, le salvó. También ayudó a alejarle de la delincuencia el fútbol, aunque los obstáculos no desaparecieron. Dos gruesas cicatrices recorren de arriba abajo sus rodillas, en el enésimo desafío de una vida cincelada a base de fe. “Se trata de eso, de creer: caer y levantarse, caer y levantarse, caer y levantarse…”, transmite tranquilo bajo el sol de mediodía, antes de la final de Copa que su equipo disputará este sábado frente al Real Madrid. Sobre el césped ya es otra historia: Chimy, el volcán.

