Supongo que fue por los nervios, pero en la previa del duelo me acordé de Javier Clemente y aquella Eurocopa de 1996, también en suelo británico, que retrató a las mil maravillas la esquizofrenia colectiva que el fútbol testicular provocaba en esta España mía, esta España nuestra. Así funciona, supongo, la memoria colectiva de un deporte al que se le han hurtado los referentes femeninos casi por decreto, apenas recién liberado de una concepción bisoja del espectáculo que arrinconaba a las mujeres en el amateurismo y lo anecdótico.

