El 22 de mayo de 1925, la historia del automovilismo en España vivió un hito. Aquella mañana, una joven de facciones decididas, llamada Catalina García González, se había presentado en León ante los examinadores del carné de conducir, que la recibieron, por cierto, con notoria hostilidad. Su objetivo no era el sacarse el carné para darse paseos con un coche de lujo, como podía hacer la nobleza o la alta burguesía. Catalina estaba allí para ganarse el derecho de domar camiones de gran tonelaje, unas maquinarias rudas (más por aquellos años) que en la mentalidad de la época se veían del todo incompatibles con la naturaleza femenina.

