Tanto sufrió durante el año el entrenador del Barcelona, Carlos Ortega (Málaga, 50 años), que nunca lo ocultó. En una casa tan grande como la azulgrana, donde la prudencia invita a ponerse máscaras y no dejar al descubierto las angustias propias, el andaluz tomó el camino opuesto: sincerarse y abrirse. Lo hizo antes de la cita más delicada del curso, la Final Four. Reconoció que no le había resultado nada fácil entrar en un vestuario que venía que firmar una campaña perfecta. Y este domingo, después de alzar un título por el muy pocos hubieran apostado hacía unos meses, Ortega lloró, respiró, felicitó a todos y, por supuesto, volvió a acordarse de lo mal que lo había pasado.

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