Día tras día, un nutrido grupo de aficionados se agrupa ante el vallado que protege la salida de los tenistas tras los entrenamientos en la Caja Mágica. Lo hace con puntualidad británica. A eso de la una, Carlos Alcaraz –6-2 y 7-5 a Grigor Dimitrov, en dirección ya a los octavos– suele enfilar el túnel que le conduce hacia el vestuario y es entonces cuando empiezan las carreras y los remolinos, algún que otro empujón y la picardía de algunos para situarse en primera línea y lograr así el ansiado objetivo: un autógrafo, una foto, un saludo. Cualquier cosa vale, siempre y cuando lleve adherido el sello personal del murciano, imán para la gente y también para las marcas.

