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Escribía mi querido Carlos Marañón en el Diario AS que “En las antípodas de mi microegoísmo, una de las cosas que llevo a gala en esta vida es que haya personas que se acuerden de mí por equipo interpuesto. Que escuchen el resultado del Espanyol y piensen en mí”. Lo cierto es que yo me acuerdo de Carlos Marañón cada vez que el Espanyol recibe un batacazo o una alegría, me lo imagino sonriendo o contraído en la tristeza, como en la escena de una película de Richard Curtis. Del mismo modo que me acuerdo de mi amigo Juanlu cuando el Mallorca consigue algo reseñable. O de mis amigos Iñigo y Nerea si el Athletic saca a pasear barcos por la ría. Sé que mi amigo Mario dormirá del tirón si el Atlético hace un buen partido. Y me preocupa la salud mental de mi amigo Héctor, que lleva meses invocando a dioses proscritos y jurando apóstrofes en arameo por la temporada del Granada.