Hace ya tres décadas que la Copa del Mundo se convirtió en una feria. En la plaza ambulante más popular del planeta cotizan compañías de todos los rubros que cada cuatro años, en cada partido, se juegan miles de millones de euros. Conglomerados audiovisuales, fabricantes de coches, bancos o marcas de patatas fritas, invierten en una industria que cuanto más crece más cautela inspira en los inversores. Ya nadie compromete un patrocinio sin antes intentar medir con la máxima precisión posible las probabilidades de éxito que tiene cada equipo y cada estrella. El reto es calcular los potenciales reales, deportivos y económicos. La carrera por acertar con el favorito ha multiplicado el poder de las grandes consultoras, cada vez más volcadas en desentrañar las claves del juego. Influidas por la banca de inversión, ninguna de las empresas que directa o indirectamente se vinculan al Mundial hacen un desembolso sin surtirse de análisis cuánticos y subjetivos. “El big data, las matemáticas, es la parte menos relevante de las prospecciones”, se ufana un experto en fútbol a sueldo de una consultora americana. “Los finalistas se han acertado el 70% de las veces. Ahora todos los prospectores coincidimos: este es el Mundial más incierto. Los africanos están ante una oportunidad histórica de colarse entre los dos primeros”.

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