“Soy un chico simple”, dijo una vez, puesto a autoexaminar el origen de su decisión de adoptar la nacionalidad deportiva de Marruecos para alistarse definitivamente en su selección. Hoy el rostro de Brahim Díaz, infantil y transparente, cubre los carteles, las marquesinas, las pantallas publicitarias de todos los rincones de Rabat. Su imagen de niño providencial confirma su confesión. No hay vuelta de hoja en la personalidad de este malagueño de 26 años que se enfundó la camiseta del país de su padre, el melillense Sufiel Abdelkader, por la sencilla razón de que el ataque del equipo del país de su madre, Patricia Díaz, estaba superpoblado y en su club no gozaba de condiciones para opositar rápido y de manera efectiva. Estancado como estaba en el banquillo del Madrid desde hace dos años, sin que la presencia de Rodrygo, Güler, Bellingham, Vinicius y Mbappé en los equipos titulares le permitiera un mínimo de continuidad, su carrera necesitaba un impacto. Un giro radical que le pusiera en el centro del escenario. Sin vuelta atrás. Sin posibilidad de apelación.

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