En la puerta del vestuario, Walid Regragui despidió uno por uno a sus futbolistas como quien manda a un pelotón a la primera línea de fuego. El seleccionador marroquí se fundía con sus jugadores en un efusivo abrazo que retenía a sus pupilos contra su pecho varios segundos. El ritual anunciaba el inicio del escenario esperado. Una grada mayoritariamente marroquí y 11 leones del Atlas al asalto del opulento fútbol del vecino europeo. Primero con la mecha corta en las disputas, como pudo comprobar Jordi Alba de la suela de Ziyech. Los límites de los sentimientos son particulares y desde ese primer lance los internacionales marroquíes mostraron que los suyos tenían un punto de sentimiento más que el de los españoles. En la detección de un joven talento o partidos como este, el fútbol siempre fue un perfecto termómetro de los niveles del bienestar social de sus protagonistas.

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