Vence Biniam Girmay, el esperado, y lo celebra en el podio, agita la botella de prosecco y el tapón sale tan rápido, casi tan rápido, mejor, fulminante, un fogonazo, como es él, el sprinter africano, el ciclista de Asmara, en la última recta, velocidad tremenda mantenida durante 400 metros que sorprende a Mathieu van der Poel, el divino, y es incapaz de cerra el hueco, y el tapón de corcho gordo, igual, es como él, un proyectil incontrolado que le golpea en el ojo izquierdo, y le ciega.

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