Pasadas las once de la mañana, y ante el barullo en el cruce de Hollywood Boulevard con la calle Vine, una mujer se acercaba a los guardias de seguridad. “Pero, ¿quién es?”. “Dan una estrella. A Billie Jean King”. “Ahhh bueno”, respondía la transeúnte. “Entonces esa sí que es merecida”. El sentimiento era generalizado. La leyenda del tenis, ganadora de 39 Grand Slams, la mujer que logró igualdad en su deporte y en el deporte, la que arriesgó su carrera al salir del armario en los ochenta, recibía el reconocimiento más glamuroso y global: una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood.

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