La leyenda de inmortalidad, la fama de alcanzar siempre lo que se proponía -aunque fuese pagando- acompañaron siempre a Silvio Berlusconi durante su juventud. Il Cavaliere fue primer ministro tres veces, refundó la política italiana con un artefacto electoral a medio camino entre el partido y la empresa de publicidad, se escabulló de decenas de procesos, fue condenado por fraude fiscal y demostró que, a diferencia de lo que creía el poeta y cantante afroamericano Gill Scott-Heron, la revolución sí iba a ser televisada. Al menos la suya. A los 86 años, sin embargo, ya nadie esperaba que el propietario de Mediaset, prometido recientemente con Marta Fascina, una diputada de Forza Italia de 32 años que le acompaña siempre en la tribuna, estuviese en condiciones de cumplir el sueño de un puñado de tifosi. El Calcio Monza, club que se compró hace solo tres años cuando penaba en la Serie C asfixiado en deudas, certificó el domingo su ascenso a la Serie A por primera vez en su centenaria historia y después de superar al Pisa en la final del play-off. Una gesta que permitirá al magnate sentarse de nuevo en el palco de un club de primera división en Italia.

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