Los ojos de Basilio, de un gris helado, cobran de pronto un brillo de emoción al dirigirlos hacia su coche. Está cuidado, como la última vez que lo vio aparcado en aquel mismo rincón, hace ya casi dos años. Se lo ha traído Víctor, su nieto, que deposita las llaves en las manos curtidas del anciano en un gesto que no tiene nada de práctico, pero sí mucho de simbólico. «Lo echo mucho de menos», alcanza a decir el anciano. Durante unos segundos, tal vez diez, quizá quince, le dejamos zambullirse en la marea de recuerdos que digiere en silencio, asintiendo dos y tres veces con una sonrisa de Gioconda mientras sus labios musitan sonidos orgánicos, primarios y profundos, en forma de palabras que solo él entiende. Hasta que al fin le hacemos la pregunta: Basilio, ¿qué significaba para usted conducir? Su respuesta, apenas un latigazo verbal, es tan breve como absoluta la resignación que encierra: «Pues todo».

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *