La pasada primavera toda Bizkaia vestía rojiblanco por la inminencia de la final de Copa. No había lugar en el que no ondeara una bandera. Bares, oficinas, instituciones, aulas, todos los espacios de socialización estaban teñidos de los colores del Athletic, y los planes para el día del partido (y la eventual posterior celebración) ocupaban las conversaciones. A medida que se acercaba la fecha, en las calles aparecían más y más camisetas del club, como flores anunciando la inminencia del buen tiempo. El viernes previo a la final, los centros educativos organizaron su día de fiesta, pidiendo a los alumnos que esa mañana vistieran de rojo y blanco. Ese día, para desesperación de mi hermana, Ian, el más pequeño de mis sobrinos, que tiene cuatro años y es terco como una mula, se negó en redondo a ponerse la camiseta del Athletic y acudió a la escuela luciendo la del CD Castellón. De hecho, llevaba semanas vistiendo blanquinegro y respondiendo a todo el que decía ¡Aúpa Athletic! con un ciertamente desconcertante ¡Aúpa Castellón!

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