La imagen no podía resumir más cosas en menos espacio. Fernando Alonso se despidió de Montmeló («esta será, probablemente, mi última vez aquí en la F1«, anunció en la previa) en frente de su curva, la bautizada como Alonso Land, y con el Aston Martin AMR26 convertido en un peligro al mostrar su batería datos anómalos. Una situación triste. En el mismo lugar que la primera vez de 2006 en aquella marea azul y amarilla. El mismo que en la 32 como icono de Ferrari. Simplemente, se certificaba que el equipo de Silverstone sigue cuesta abajo y sin frenos. No esperaban, de ninguna de las maneras, rendir en el Gran Premio de Barcelona-Catalunya. Pero tampoco el bajón brutal vivido.

