Mucho antes de que amaneciese en el collado sur del Everest (8.848 m.), el 25 de septiembre de 1992, los hermanos guipuzcoanos Alberto y Félix Iñurrategi salieron al frío exterior camino de la estratosfera. Se encontraban a unos 8.000 metros y habían decidido no usar respiradores artificiales. “Éramos unos críos y salimos hacia la cima con miedo, no a la montaña sino a lo que semejante altitud pudiese causar en nuestros organismos”, se sincera Alberto. Cuando alcanzaron la cota de los 8.700 metros se comunicaron por radio con el campo base para anunciar que en media hora aproximadamente estarían en la cima. La veían tan cerca… finalmente tardaron tres horas en recorrer 150 metros de desnivel. “Llegamos a la cima a las tres de la tarde. Se nos hizo muy duro”, recuerda el alpinista, quien apenas tenía 23 años. Hasta 1978, la medicina y la ciencia consideraba imposible que el ser humano pudiese sobrevivir en el techo del planeta usando solo sus pulmones, pero entonces llegaron Reinhold Messner y Peter Habeler, y demostraron lo contrario.

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