Por las venas de Marko Arnautovic (Viena, 19-4-1989) se mezcla sangre serbia, la de su padre, y austriaca, la de su madre. A sus 37 años vive su primer Mundial. Lo hace con la obligación que se ha impuesto de disfrutarlo, de ser el colofón de una carrera plagada de situaciones extremas. «No soy un ángel», responde cuando se le recuerda la fama de chico malo, de bad boy que se ha construido a lo largo de una carrera que camina por los 116 partidos y 49 goles (ambas son las mejores marcas de la historia de su selección) y le ha llevado a jugar en Holanda, Inglaterra, Alemania, China e Italia.

