Habría que haberlo visto en la Ópera de Sídney, punto neurálgico de la capital económica australiana, donde la policía fue a controlar a los fanáticos argentinos tras la semifinal y termino bailando con ellos. Habría que haberlo visto sobre la arena de Golden Coast, en la punta este del país, donde este domingo cientos de jóvenes se vistieron de celeste y blanco y tomaron fernet frente la playa. Podría haber sido en Melbourne, en Perth o en Canberra, todas ciudades donde Argentina gritó campeón calcando la euforia veraniega de Buenos Aires. Pero en Coogee Beach, un suburbio de la costa de Sídney, Francia fue local. O lo fue hasta que Messi metió el primero y el público australiano, argentinizado por la euforia de los pocos pero fieles que vieron el partido en los bares de su costa, tuvo que elegir camiseta y decidió la celeste y blanca.

