Chris Stewart salió de aquella entrevista de trabajo convertido en patrón de un velero. Todo había fluido. Pero más allá de ser el único candidato, de los dos whiskys con soda que se tomó con sus interlocutores, de haber conseguido el sueldo más alto que jamás había cobrado; más allá de todo eso estaba el insignificante detalle de que no había capitaneado un barco en su vida. Hasta ese momento, su única relación con la navegación era el tiempo de lectura que le había dedicado a un manual sobre cómo aprender a manejar una embarcación. La alegría por el nuevo trabajo se tornó rápidamente en preocupación: se tenía que tomar el asunto un poco más en serio. Básicamente, necesitaba aprender a navegar.

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