Se encendió un cigarrillo con un mechero que le habían regalado en un túnel de lavado del coche. Lo hizo justo cuando cruzaron la esquina sur del estadio, poco antes de entrar al partido. Durante mucho tiempo repitió exactamente el mismo ritual. Al tomar la esquina, sacaba el mechero y prendía el cigarro. Habían ganado holgadamente aquel encuentro en el que se inauguró el ritual, así que ya no había forma de escapar de su hechizo. Mi amigo del mechero había intentado todos los rituales habituales de los supersticiosos decidido a romper el ciclo de martirio del equipo: ropa de la suerte, tocar el suelo del estadio al entrar, establecer una ruta determinada para ir al campo; pero sólo le funcionó el mechero del túnel de lavado. La verdad, fue una verdadera pena que dejase de fumar tres años más tarde.

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