Desmenuzadas las costuras del ciclismo moderno, la séptima etapa del Tour de Francia femenino, primera de alta montaña —127 kilómetros con tres puertos de primera categoría entre Sélestat y Le Markstein—, presentó la anarquía anunciada. “Espero el caos”, dijo Elisa Longo Borghini en el control de firmas, antes de partir. Así fue. Annemiek van Vleuten y Demi Vollering, las dos grandes favoritas al triunfo final, atacaron a las primeras de cambio, antes de la primera ascensión, resucitando un ciclismo de otra época, con duelos directos, sin equipos, rompiendo la carrera desde lejos.

