“Ha sido un año largo”, dice Anita Álvarez (Nueva York, 1996), sentada en un sillón en su hotel de Budapest, en la margen derecha del Danubio, a unos cientos de metros de la piscina donde el miércoles se hundió desmayada tras concluir su rutina en la final del solo libre, en un incidente que la convirtió en personaje de reclamo de Good Morning America, y demás programas de la televisión de Estados Unidos. “Me fracturé el pie en febrero, me operé en marzo, y volví a competir en mayo porque estaba resuelta a participar en estos Mundiales…”, dice. En sus ojos negros brilla una tormenta de ingenuidad, miedo, coraje y orgullo.

