Es un hecho probado que el Santiago Bernabéu obra milagros, salvo para Aitana. La leyenda del estadio blanco, ahora gris metalizado por cuestiones elevadas que nada tienen que ver con su historia, se extiende pegajosa por todo el mundo del fútbol y no existe equipo sobre la tierra que lo visite sin sentir un cierto cosquilleo en la nuca, antesala nerviosa de los vuelcos y los ataques de ansiedad. Lo que allí dentro sucede es un misterio incluso para los propios jugadores locales, como muy bien explicó Carvajal en cierta ocasión: algunas veces ni ellos mismos creen, pero los rivales sí. Y es en ese miedo ajeno donde el Real Madrid centra todas sus esperanzas para tergiversar una eliminatoria que, ahora mismo, dice lo que dice.

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