El clásico, tan cargado siempre de cuentas pendientes, llegaba sumergido en el fango del caso Negreira. Ahí cabía combustible de sobra para encender a la grada del Madrid. Ya hora y media antes de empezar el partido, un centenar de aficionados madridistas se había citado en las inmediaciones del Santiago Bernabéu para la primera ración de protesta. Portaban una pequeña pancarta con la divisa de la noche: “¡Corrupción en la Federación!”. El cántico ya había prendido en el estadio días atrás, e incluso en el banquillo, donde se leyó en los labios de Dani Ceballos. Pero la visita del Barcelona, el club que había pagado durante casi dos décadas al número dos de los árbitros, era la noche grande del desencanto. Habían imprimido cientos de billetes de 500 euros con la cara de Joan Laporta. Gritaban contra la federación. También contra el presidente del Barça, quien en su anterior mandato cuadruplicó los pagos a Enríquez Negreira. “¡Laporta, suelta la pasta!”, gritaban bajo una lluvia de papelillos. Pequeñas piezas flotantes de indignación.

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