Las imágenes suelen valer más que mil palabras, o eso dicen. Y hubo una muy clara al terminar el Gran Premio de Miami de Fernando Alonso. Se bajó de su AMR25, lo miró y esperó a que su compañero Lance Stroll se bajase para hablar de algo mientras miraban a sus Aston Martin. El ejemplo perfecto -y la imagen perfecta- del desastre mayúsculo de un coche que terminó como el peor de la parrilla.

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