Aunque todavía le acompañe el diminutivo, Alcaraz es cada vez menos Carlitos —apelativo cariñoso que él todavía agradece— y cada vez es más Carlos. Es decir, el murciano ya no es ese adolescente que empezó a escudriñar hace casi una década el trazado hacia la élite a bordo de un coche, con Juan Carlos Ferrero al volante por las carreteras de aquí y allá, de aquellas “panzadas” por Brasil a la irrefrenable ascensión posterior. Sueño cumplido: la cima, el número uno, la estrella de hoy. Sin embargo, todo se acaba. Uno y otro separan sus caminos. Lo confirma ahora el tenista, de 22 años y con 24 trofeos ya en el bolsillo, seis de ellos grandes: “Tras más de siete años juntos, Juanki [45] y yo hemos decidido poner fin a nuestra etapa como entrenador y jugador”.

