A veces, un detalle vale para transformar un compromiso que se antoja más bien anodino en un fotograma a guardar. A eso de las dos huele a aceite rancio de fritura, predomina un extraño orden en la Arthur Ashe y enseguida, cuando la gente todavía está terminando de llenar el buche por las horas, nachos, tacos y cantidades ingentes de salsas indescifrables de aquí para allá, Carlos Alcaraz se saca un conejo de la chistera. Lo que sucede después responde a la pura lógica; un triunfo más, no por ello sin desmerecer su gran valor; el de El Palmar ya luce en los cuartos del US Open. Pero solo por esa maniobra, una delicatessen en el territorio de lo grasiento, el capítulo contra Arthur Rinderknech ha merecido la pena.

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