Nadie diría, ni por asomo, que Carlos Alcaraz está a punto de saltar a la central de Melbourne para darle un gigantesco bocado a la historia. Unos tiemblan, otros intentan distraerse como sea, no pensar. Él bailotea y silba. Se parte de risa encima de la bicicleta mientras pedalea para que las piernas entren en calor. Y previamente, en la intimidad de la segunda pista del recinto, el número uno y campeón por primera vez en Australia peloteaba con Diego Schwartzman como quien va a jugar un partidillo en una cancha pública o un club cualquiera. “¡Eh, tú! Calma, ¿eh? ¡Tranquilito!”, le dice con guasa al extenista argentino.

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