Mientras a Casper Ruud le arropaba su gente en el salón reservado a los jugadores y sus equipos, entre aguas e isotónicas –dos o tres cervezas por ahí, nada más–, Carlos Alcaraz saboreaba el éxito en Nueva York junto a los suyos en la intimidad del vestuario. Después de todo el subidón y el esfuerzo efectuado a lo largo de estas dos semanas, al español (19 años) se le notaban la descompresión y el cansancio. Ha sido un viaje a todo trapo en el que ha logrado escapar a varias situaciones límite, ninguna como aquella bola de partido que salvó en el duelo de los octavos contra Jannik Sinner. Un partido que, de paso, sirvió de perfecto escaparate para el nuevo ciclo que va cogiendo forma.

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