Se acabó la paz. Llegó el murmullo, la cola, The Queue, las fresas, los Pimm’s, el blanco nuclear, las flores, los sombreros, el verde perfectamente rasurado. Todo aquello que hace Wimbledon tan fascinante. Todo tan perfecto, hebras a ocho milímetros. El distrito 19 de Londres amanece este lunes a pleno rendimiento —denuncia voz en alto la señora envuelta en una bandera de Palestina, mientras desciende por Church Road hacia el club— e irrumpe impoluto el último campeón. Entre tanto encanto y toda la fascinación, onírico escenario, Carlos Alcaraz pone el pie en la Centre Court y vuelve exactamente como se fue hace un año: victorioso, feliz, disfrutón. Le vale con ir a medio gas, aunque encuentra una sorprendente exigencia: 7-6(3), 7-5 y 6-2, en 2h 22m. Prolífica puesta en escena ante el estonio Mark Lajal, quien juguetea con la raqueta y colabora para que sea ameno; puestos a caer, piensa con ese instinto de la Generación Z, mejor pasándoselo bien. Así que se divierten.

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