Hace apenas tres años, Alberto Ginés (Cáceres, 2002) era un escalador llamado a figurar, un día, en la élite de la escalada mundial. Entonces, solía olvidar las citas programadas con los escasos medios de comunicación especializados que requerían su atención y su padre atendía lo extradeportivo. Hace año y medio, contra todo pronóstico, se colgó del cuello el primer oro olímpico de la historia de la escalada y ya no olvida atender a la prensa: una agencia lleva su agenda de forma escrupulosa. La vida de Alberto Ginés ha cambiado tanto entre el anonimato y el reconocimiento planetario, que más que celebrar una medalla sería preciso celebrar el equilibrio recuperado de un atleta excepcional. Un camino que no ha resultado sencillo.

