El periodismo deportivo muchas veces cae en la tentación de construir superhéroes inalcanzables. Sin embargo, la verdadera grandeza de Agustín Tapia radica, paradójicamente, en su asombrosa normalidad. Su historia no es la de un niño fabricado en un laboratorio para dominar el circuito mundial, sino la de un pibe de barrio que, casi sin buscarlo, se encontró con un don irrenunciable. Y lo más impactante de su llegada a la cima no son los títulos, sino la convicción generalizada de que el éxito no le corrió ni un centímetro el eje.

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