Está en la fuga Gabburo, un muchacho de Verona, así, con dos bes y una erre por un error del escribiente del registro civil, porque su padre es Gaburro, con una be y dos erres, y Gaburro sigue, y le hace un favor así a su hijo, que ya goza de un signo de distinción en la vida, una aspiración imposible para muchos ciclistas, tanta necesidad de ir a rueda en el pelotón y, al mismo, tiempo, tanto deseo reprimido de ser diferentes, y, en etapas como esta, que bordea el monte Grappa que hizo gigante a Nairo siguiendo el descenso rápido del Brenta caudaloso por carreteras planas entre valles verdes y viñedos de Cartizze en Valdobbiadene, el muro de Ca’ del Poggio tumultuoso, prosecco que hace millonarios a campesinos pobres dueños de una obrada en las laderas, sus calabazas hierven al sol de cavilaciones, planes del weekend en el Friuli y en los montes pálidos de los Dolomitas, dar el golpe, dónde, darlo, burlar el pito del sereno, ganarse para siempre a su novia Rosalía, como en la copla y la rumba, o, simplemente, una maglia diferente. Ser alguien, aunque solo sea un día, un minuto.

