Piancavallo siempre tendrá reservado un rincón para Mikel Landa. Allí, en mayo de 2017, el alavés encontró el premio que llevaba días persiguiendo y se sacudió de encima toda la frustración acumulada en un Giro que parecía empeñado en ponerle obstáculos. Cruzó la meta emocionado, levantó los brazos al cielo y dedicó la victoria a Michele Scarponi. Después llegaron los abrazos, las lágrimas y el desahogo.

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