Se ríen de los bypass matadores que aterrorizan a los automovilistas, que son Génova, estrecha entre Mediterráneo y Apeninos, y ante ellos se abre la ciudad como a Moisés se le abrió el mar Rojo, pero no les persigue nadie, son la vanguardia de un mismo ejército, que, deslumbrada por la visión, atraviesa Génova desde las alturas de sus autopistas en el cielo, y a 70 por el puente de San Giorgio, una recta ligera y volada de un kilómetro, y pilares altos como rascacielos neoyorquinos, construida más con la prisa de ciclista acelerado, un Van der Poel insaciable hasta el agotamiento, quizás, que con la gracia del tiempo lento para sustituir el hundido por la desidia viaducto Morandi, tienen el mundo a sus pies. A la izquierda, la ciudad vieja, acumulación de edificios en altura, como frases sin respiro, todos mirando el mar, al sol que se pone al fondo. A la derecha, las catedrales flotando en el puerto, los cruceros extraordinarios, y la curva izquierda, ya en tierra firme, y la brisa del mar que les empuja hasta la meta, al final de la última recta, altos soportales, suelos de mármol multicolor, y una cuesta engañosa, en la puerta de la Bolsa de Valores, donde suben las acciones de Kelderman, uno de los de la fuga de 24, que recupera junto al mar ocho de los 11 minutos que perdió en el Blockhaus y se vuelve a creer capaz de ganar el Giro.

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